Hiciste terapia. Leíste, conversaste, entendiste. Sabes de dónde viene tu autoexigencia: lo que se aplaudía en tu casa, lo que se esperaba de ti, lo que aprendiste a hacer para que nadie tuviera nada que decir. Podrías explicarlo con claridad, quizás mejor que nadie.
Y aun así, mañana te vas a levantar y sigues siendo la que puede con todo.
Si te pasa, no es porque no lo hayas trabajado lo suficiente. No te faltó esfuerzo. Hay una razón por la que entender no siempre alcanza, y no tiene nada que ver con tu capacidad.
Nadie te entregó el guion, pero te lo sabes de memoria
Nadie te sentó a explicarte quién tenías que ser. No hizo falta. Lo aprendiste como se aprenden las cosas importantes: mirando. Notando qué se celebraba y qué se pasaba por alto. Qué te acercaba a los demás y qué dejaba un silencio incómodo en la mesa.
Así se aprenden los papeles. La buena hija, que no da problemas. La fuerte, que no necesita nada. La responsable, en la que todos pueden confiar. La que siempre está para todos, aunque nadie le pregunte cómo está ella.
Algunos de esos personajes te gustan. Otros, no tanto. Pero casi todos tienen algo en común: te protegieron. Te dieron un lugar, te ahorraron conflictos, te hicieron confiable en un mundo que parecía pedir eso a cambio de querer.
Por eso los seguiste interpretando. Y los interpretaste bien. Tan bien que, con los años, dejaste de notar que eran un papel.
Lo que aprendimos las que crecimos sin quejarnos
Para muchas de nosotras, las que crecimos en los ochenta, ese guion tenía además un tono de época. Aprendimos a ser independientes y a poder con todo. A no mostrar demasiado lo que sentíamos, porque eso era de débiles. A ser prácticas y no complicarnos. A creer que el trabajo duro era el camino a la tranquilidad, que el descanso podía esperar y que, al final, solo podíamos contar con nosotras mismas.
No lo digo para buscar culpables. Muchas lo aprendimos de mujeres que también lo sostenían todo, y ese aprendizaje nos sostuvo a nosotras: sacamos adelante trabajos, casas, hijos y más de un quiebre. Pero también nos dejó una costumbre difícil de soltar: la de sostenerlo todo sin preguntarnos si todavía queremos hacerlo así.
Y si no creciste en esa época, es probable que reconozcas el guion igual. Cambian los detalles, no la idea de fondo: que tu lugar se gana haciéndolo todo bien.
Por qué la autoexigencia no se va cuando la entiendes
Aquí está lo que pocas veces se dice: entender de dónde viene un personaje no lo retira. Comprender te da claridad, y esa claridad vale mucho. Pero un personaje que nació para protegerte no se va porque ya conoces su historia. Se queda mientras siga creyendo que hace falta.
La autoexigencia no es solo una idea que tienes sobre ti. Es una forma de moverte, de decidir, de adelantarte a lo que otros van a necesitar. Vive más en los gestos automáticos que en lo que piensas. Por eso puedes saberlo todo sobre ella y, aun así, encontrarte el domingo en la noche dejando la semana resuelta, o diciendo que sí antes de preguntarte si quieres.
El perfeccionismo es la voz que sostiene la obra. Como quien, escondido bajo el escenario, te sopla la línea justo antes de que te salgas del libreto. Para que no improvises. Para que nada falle. Te hace mirar lo que falta con tanta atención que lo que ya existe, lo que ya hiciste y lo que ya eres, a veces se vuelve invisible.
Y si mientras lees esto sientes que ya deberías haberlo superado, esa también es su voz. No es una prueba de que hiciste mal tu trabajo interno. Es el personaje, haciendo lo que mejor sabe hacer.
El vestuario: donde el personaje se ve primero
Todo personaje tiene vestuario. Y el tuyo, aunque no lo hayas pensado así, está en lo que te pones cada día.
A veces se ve en una imagen impecable: nada arrugado, todo combinado, ni un hilo suelto. Si todo se ve en orden, nadie pregunta cómo estás. Otras veces se ve en lo contrario: en vestirte rápido y sin mirarte, con lo que queda, con lo práctico, con lo que no se arruga y no se nota, porque primero están todos los demás.
Parecen opuestas, pero son dos caras de la misma exigencia. Y ninguna habla de moda ni de gusto: hablan del papel. Por eso a veces te paras frente a tu ropa y sientes que nada te representa, aunque todo esté ordenado. No es que te falte algo que ponerte. Es que te estás vistiendo para alguien que aprendiste a ser.
Revisar el guion no es romperlo
Quizás, al leer esto, aparece la tentación de deshacerte de todo: dejar de ser la fuerte, la responsable, la que está para todos. Esa tentación, curiosamente, también es exigencia. Cambiarlo todo, de una vez, y bien.
No hace falta. Ese guion tiene partes que te hicieron quien eres y que vale la pena conservar: tu capacidad de sostener, tu cuidado por otros, tu forma de responder cuando algo importa. Revisarlo no es renegar de tu historia. Es poder preguntarte, con cariño, qué partes siguen siendo tuyas y cuáles ya te aprietan.
Ser amorosamente imperfecta no es dejar de ser quien fuiste. Es dejar de actuarlo cuando ya no te representa.
Lo que ya entiendes, y lo que falta
Ya sabes de dónde viene tu autoexigencia. Eso no es poco: es el comienzo de todo lo demás. La pregunta que queda abierta es otra, y no se responde leyendo: ¿cómo se vive distinto lo que ya entiendes?
No tienes que responderla hoy, ni sola.
Con amor, Xime.







